Era el día en que se iban a enfrentar los filisteos contra los israelitas y Saúl. Tres de mis hermanos, estaban en el campo de batalla para luchar contra los filisteos en pos de Saúl. Ese día mi padre me dijo que fuera al campamento a llevarle algunas provisiones a mis tres hermanos y para enterarme de su estado de salud. Me informó donde estaban exactamente (en el valle del Terebinto). Justo en el momento que llegué, el combate estaba por comenzar y se alzaba el grito de combate. Me encontré con mis hermanos y en el momento en que me puse a hablar con ellos, escuché la voz de un filisteo retando a algún israelita que lo venciera. Dijo que si alguien lo vencía, todos los filisteos serían siervos de los israelitas. De lo contrario, todos los israelitas serían siervos de los filisteos. Cuando fueron pronunciadas estas palabras noté que las caras de los israelitas se empalidecían. Fue cuando tomé la decisión de ir a enfrentar al filisteo yo mismo. Mande a que le fueran comunicadas mis palabras a Saúl. Éste se mostró muy asombrado por lo que le dije. Saúl me dijo que no podía ir yo porque yo era nada más que un muchacho y el otro un hombre de guerra. Aún así yo le insistí y le conté que Dios estaba conmigo y que por eso iba a poder vencerlo, al igual que lo hacía cuando estaba con el ganado y venía algún león a atacarme o intentar robarme alguna res del ganado. Así entonces lo convencí a Saúl y este me empezó a vestir con varias armaduras, pero cuando intentaba caminar, no podía por lo que me las quité y fui al frente sin armaduras. Tomé cinco piedras, una onda y me acerqué al filisteo. Cuando Goliat empezó a aproximarse, yo me adelanté corriendo, tome una de las piedras y con la onda se la lance y le dio en la frente. Esto hizo que el filisteo cayera derrotado. Cuando estuvo en el piso yo corrí hacia él y con su propia espada lo maté definitivamente y le corté la cabeza. Cuando los filisteos vieron esto, comenzaron a correr y los israelitas los persiguieron. Así el terreno se empezó a llenar de cadáveres filisteos.
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